Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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con la cabeza pesada y el corazón
henchido, se sentó en una musgosa peña, con la escopeta sobre las rodillas, y ora mirando la mar, ora el
cielo, escuchando la voz de su alma, dejaba que poco a poco fuesen alejándose de él los cazadores.
--Raúl estás siempre triste, ¿no es verdad? --preguntó D'Artagnan a Athos al notar la ausencia de Bra-
gelonne.
--De muerte, --respondió Athos.
--Creo que exageráis. Raúl es de buen temple. Los corazones nobles como el suyo, tienen una segunda
envoltura como una coraza. La primera sangra, la segunda resiste.
--No, --repuso Athos, --Raúl morirá de esta.
--¡Voto al diablo! --exclamó D'Artagnan poniéndose sombrío. Después preguntó:
--¿Por qué le dejáis partir?
--Porque así lo quiere él.
--¿Y por qué no lo acompañáis?
--Porque no quiero verle morir. D'Artagnan miró en la cara al conde.
--Vos sabéis que pocas cosas me han dado miedo en mi vida, --repuso Athos apoyando el brazo en el de
su amigo. --Pues bien, tengo un miedo incesante, insuperable; temo llegar al día en que sostendré entre mis
brazos el cadáver de ese pobre muchacho.
--¡Oh! --exclamó D'Artagnan. --¡Cómo! ¡venís a poneros en presencia del hombre más valiente que
decís haber conocido, de vuestro D'Artagnan, del hombre sin igual, como le nombrabais en otro tiempo, y
con los brazos cruzados le decís que teméis a vuestro hijo muerto, cuando habéis visto cuanto verse pueda
en este mundo! ¿A qué ese miedo, Athos? en la tierra, el hombre debe esperarlo y afrontarlo todo.
--Escuchad, amigo mío: después de haber gastado mis fuerzas en esa tierra de que me habláis, no he
conservado más que dos religiones: la de la vida, o sea mis amistades y mi deber de padre; la de la eterni-
dad, o sea el amor y el respeto de Dios. Ahora tengo la revelación de que si Dios permitiese que en mi pre-
sencia mi amigo o mi hijo exhalasen su postrer aliento... ¡Oh! ni siquiera quiero deciros eso, D'Artagnan.
--¡Decidlo! ¡Decidlo! --Soy fuerte contra todo, menos contra la muerte de aquellos a quienes amo. Estoy viejo y se acabó el
valor; pero si Dios me hiriese de frente y de esta suerte, le maldeciría, y un caballero cristiano no debe mal-
decir a Dios, D'Artagnan, trastornado por aquella violenta borrasca de dolores.
--D'Artagnan, amigo mío, vos que amáis a Raúl, vedle, --añadió Athos mostrando a su hijo; --nunca le
abandona la tristeza. ¿Hay más terrible, más aflictivo, que asistir minuto por minuto a la incesante agonía
de ese mísero corazón?
--Dejadme que hable con él, Athos, ¿Quién sabe?
--Probadlo; pero estoy convencido de que será en vano.
--No le prodigaré consuelos, sino que le serviré.
--¿Vos?
--Yo. ¿Sería la primera vez que una mujer volviese de su infidelidad? Voy allá.
Athos meneó la cabeza y continuó solo el paseo. D'Artagnan tomó por el atajo al través de las malezas, y
al llegar a Raúl le tendió la mano y le dijo:
--¿Y bien? ¿tenéis que decirme algo?
--Tengo que pediros un favor, --respondió el vizconde.
--Hablad.
--Tarde o temprano vais a regresar a Francia.
--Tal espero.
--Es menester que escriba a la señorita de La Valiére.
--No es menester.
--¡Tengo tanto que decirle!
--Pues id a decírselo a ella.
--¡Nunca!
--Luisa ama al rey, --dijo brutalmente D'Artagnan; --es una muchacha honrada.
Raúl se estremeció.
--Y a pesar de haberos abandonado, puede que os ame más que al rey, pero de otra manera.
--¿Creéis firmemente que Luisa ame al rey, señor de D'Artagnan?
--Hasta la idolatría. Su corazón es inaccesible a todo afecto. Si continuaseis viviendo a su lado llegaríais
a ser su mejor amigo.
--¡Ah! --exclamó Raúl con arranque apasionado ante aquella esperanza dolorosa.
--¿Queréis?
--Sería una cobardía.
--Nunca hay cobardía en hacer lo que impone la fuerza mayor. Si vuestro corazón os dice: ve o muere,
id, Raúl. Ella. que os amaba, ¿ha sido cobarde o valiente al preferir al rey, a quien su corazón le ordenaba
imperiosamente preferir? No, ha sido la más valiente de las mujeres. Haced como ella, obedeceos a vos
mismo. ¡Ah! Raúl, estoy seguro de que al verla vos de cerca y con los ojos de un hombre celoso, dejarías
de amarla.
--Me decidís, señor de D'Artagnan. -
-¿A partir para verla de nuevo?
--Al contrario, a partir para no volver a verla nunca jamás. Prefiero amarla siempre.
--Con toda franqueza os digo que no esperabas semejante conclusión.


 

 
 

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